¿Quién te manda meterte en esos fregados?
Esa fue la respuesta que le dí no hace mucho a un amigo, una respuesta-pregunta que ni él mismo supo responder.
Comienzo con la historia: Resulta que mi amigo trabaja a turnos, y en esos ratos de asueto de su trabajo, un día puso un canal de TV de esos locales donde ponen porno barato a las tantas de la madrugada. A mi amigo (no sé muy bien todavía por qué) le llamó la atención uno que se repetía constantemente decía así (más o menos) "Hetero en Cuenca para tío, tengo polvo blanco, te invito va..." todo esto seguido de un número de teléfono móvil. Sin saber cómo ni por qué, se vio grabando el teléfono en su móvil, y en principio, ahí se quedó la cosa.
Pero resulta que mi amigo, cierto día, pasadas semanas de aquel primer despropósito, sale borracho de la discoteca y su cerebro responde de una forma extraña, en lugar de mandarle a dormir (que era lo que tenía que haber hecho) le recuerda que tiene un número de teléfono al cual puede llamar para seguir despierto y quién sabe si echar un polvo, mi amigo, ni corto ni perezoso, llama a ése teléfono, la voz de otro lado le responde somnoliento, pero aún así acepta y le convida a subir al casco, donde él vive "cuando estés en la Plaza Mayor me llamas" le responde la voz del otro lado.
Mi amigo se pone en camino, sube por las empinadas calles de la parte vieja, y cuando se halla en el lugar acordado, vuelve a llamarle, la voz del otro lado le dice cómo y dónde tiene que subir hasta su casa y mi amigo, siguiendo con sus despropósitos, en lugar de darse media vuelta y volver por donde ha venido, va a casa de este hombre.
Según mi amigo, el lugar no podía ser más desolador, al igual que sus sentimientos cuando llegó allí, muebles viejos, paredes que pedían urgentemente una mano de pintura, una televisión vieja puesta en el canal donde pilló el número de teléfono, un tipo en pijama preguntándole "¿qué quieres hacer?". En ese momento el cerebro de mi amigo se dió cuenta de que no había sido una buena idea la absurdez que en su borrachera había tenido, y se alarmó.
Se alarmó por varias cosas: Por que mi amigo no le había dicho a nadie donde iba, por que en ese momento se dio cuenta de que no quería tener sexo con ese hombre, por que vio que todo lo acaecido a partir de la salida de la discoteca (quién sabe si mucho antes) era un cúmulo de disparates. "No quiero hacer nada, necesito irme a casa" respondió mi amigo a la pregunta que le hizo el habitante del lugar donde estaba. "Vale, te acompaño a la puerta" dijo él. La última absurdez que se le pasó a mi amigo por la mente (ese cerebro cansado y embriagado) fue la de que ese hombre podría haber descolgado una espada 'Recuerdo de Toledo' que colgaba de la pared del recibidor y obligarle a hacer cualquier cosa, o algo peor... y habrían pasado días hasta que alguien hubiera dado con él.
Mi amigo, después de ésto piensa, sólo piensa, no busca soluciones. Ése amigo del que hablo, si no os habéis dado cuenta antes, soy yo.
Y sin otro particular, me despido hasta la próxima.